Durante siglos se creyó que los engranajes dentados eran un invento exclusivamente humano. Sin embargo, en 2013, los investigadores Malcolm Burrows y Gregory Sutton de la Universidad de Cambridge revelaron un hallazgo fascinante: la ninfa del saltahojas común (Issus coleoptratus), un insecto de apenas unos milímetros, posee una auténtica caja de engranajes mecánicos en sus patas traseras.
Para escapar de los depredadores, este diminuto artrópodo ejecuta saltos explosivos a velocidades de casi cuatro metros por segundo, experimentando aceleraciones de hasta 400 g. A esa escala, si una pata se disparara apenas unas millonésimas de segundo antes que la otra, el insecto rotaría en una barrena incontrolable. Los impulsos nerviosos son demasiado lentos para garantizar una coordinación tan extrema, por lo que la evolución resolvió el problema prescindiendo del cerebro y recurriendo a la física pura.
En la base de las patas traseras (los trocánteres), la ninfa cuenta con una franja curva de 10 a 12 dientes microscópicos de entre 15 y 30 micrómetros de altura. Al prepararse para el salto, los dientes de ambas patas se acoplan de forma exacta, de modo que el movimiento de una extremidad arrastra mecánicamente a la otra, sincronizando el impulso en menos de 30 microsegundos.
Lo más asombroso es que este sistema solo está presente en las etapas juveniles. Al alcanzar la adultez tras su última muda, el insecto pierde los engranajes y pasa a utilizar un mecanismo de fricción; los científicos sugieren que esto se debe a que, si un diente se rompe en la fase adulta, la criatura quedaría lisiada de por vida al no poder mudar de exoesqueleto para regenerarlo.
Fuente: Science (Burrows & Sutton, 2013 - 'Interacting Gears Synchronize Propulsive Leg Movements in a Jumping Insect')